Educar y respirar

En la pedagogía Waldorf se trabaja con el principio de la respiración, esto quiere decir que todo proceso necesita de una fase de inspiración y otra de exhalación. Necesitamos ambas fases para poder estar sanos y, cuando se trata de educación, la capacidad de alternar actividades o incluso actitudes que concentren con otras que expandan... es un regalo que hace de la enseñanza el arte de la fluidez....

sábado, 2 de marzo de 2019

Cómo acompañar el desarrollo emocional en la infancia

Hoy quiero compartir con vosotros la importancia del desarrollo emocional y su relación con un cambio social profundo y muy necesario.

Hace apenas varias décadas, se consideraba la expresión de la mayoría de las emociones como signo de debilidad y se enseñaba a los niños a reprimirlas o a ignorarlas. Era una tendencia general que todavía se refleja en muchos de nuestros refranes y sabiduría popular, y que vive en la mayoría de nosotros, de una forma u otra.

Afortunadamente, este punto de vista está empezando a cambiar, y surgen estudios en varios campos que muestran la necesidad del ser humano de ser consciente de sus emociones y de expresar todo este mundo que vive en nuestro interior, de la mejor manera posible, para poder llevar una vida plena y feliz.

Es primordial aprender a acompañar a los niños en el descubrimiento de sus emociones y de cómo gestionarlas. Y precisamente por nuestra propia educación y todo lo que hemos heredado, es un trabajo muy delicado, que requiere de gran atención y conciencia.

Los niños son un regalo extraordinario, cuando son muy pequeños expresan todo lo que sienten sin los filtros de la moral, el juicio o el qué dirán. Sin embargo, al observar nuestra reacción, captan rápidamente qué emociones consideramos positivas y cuáles negativas, y esto hace que, según su carácter, se adapten y expresen solo aquello que se considera positivo, o, al contrario, expresen lo negativo para obtener nuestra atención. Y así, empiezan a dejar de tener una relación natural con sus propias emociones.

¿Qué podemos hacer? En primer lugar, observar qué emociones consideramos negativas o positivas, e intentar llegar al origen de esta creencia. Quizá en nuestro hogar estaba permitido enfadarse pero no estar triste, o al revés. Quizá la alegría y el alboroto no estaba bien visto, por alguna circunstancia, pero la tristeza y la preocupación era algo noble y loable.

Si conseguimos tomar conciencia sobre todo esto ya estamos cambiando nuestra manera de relacionarnos con nuestras emociones y con las de nuestros hijos y alumnos.

Todas las emociones son importantes, incluso aquellas que nos parecen la causa de los mayores males de la sociedad. Por ejemplo, la rabia nos trae un mensaje, nos dice que tenemos una necesidad que no ha sido satisfecha, y es posible que tampoco haya sido expresada ni escuchada. Si conseguimos hallar el origen de cada emoción, es probable que hallemos la solución. Pues el papel de las emociones es precisamente ese; señalar aquello que nos toca el alma para conocernos mejor y para saber qué necesitamos realmente.

Cuando no juzgamos nuestras emociones y nos permitimos sentirlas, podemos también acompañar a los niños en su sentir, y ayudarles a tirar del hilo para ver qué necesidad está detrás de cada emoción.

Llegados a este punto quiero hacer una distinción importante entre sentir una emoción y actuar llevado por una emoción. No es lo mismo. Cuando siento una emoción, percibo el mensaje que hay detrás y busco la manera de solucionar la situación. Cuando actúo desde una emoción, no pienso ni busco nada, simplemente actúo, y posiblemente no solucione nada.

Es un trabajo personal que requiere gran esfuerzo, pero tiene un valor inestimable, tanto para uno mismo como para las personas que nos rodean. Y lo mejor es que algunos niños aprenderán todo esto simplemente por imitación, gracias al ejemplo que les damos con nuestro intento por saber más de nosotros mismos, nuestro intento de ser más conscientes.

Una vez estemos en este proceso, podemos intentar acompañar a los niños en el desarrollo de su mundo emocional. Es muy importante no teorizar sobre esto con ellos, especialmente si son muy pequeños.

En edades tempranas podemos simplemente estar a su lado y ayudarles a reconocer cada emoción sin juzgar. Si actúan de forma dañina para ellos mismos o para los demás, por supuesto hay que poner un límite y decir que esto no ayuda, y proponer quizá una solución más tarde. En este caso es importante acoger la emoción a la vez que se pone el límite.

Se puede también contar una historia que refleje de algún modo la situación y que exprese las emociones de todos los niños implicados en ello; en este caso hay que ser muy sutil, evitando detalles que les haga reconocerse de forma demasiado directa.

Una imagen vale más que mil palabras; es más fácil entender al otro en una situación imaginada, en un cuento, que intentar entender su dolor cuando entra en conflicto con mi necesidad en un momento dado. Por esta razón, el valor emocional del cuento, reside en el simple hecho de escucharlo, pues la imagen vivirá en el niño hasta que, cuando esté preparado, la conecte por si mismo con situaciones que le suceden en su vida diaria, y así tendrá una fuente de posibles soluciones y de comprensión que no estará relacionada con el juicio ajeno ni con el sentimiento de culpa, tan nocivo para el ser humano. En su lugar, al percibir algo desde su propia actividad interior, desarrollará el sentido de la responsabilidad y la autoconciencia.

Un trabajo muy valioso que se puede hacer con los niños cuando son un poco más mayores, a partir de los 9 años, es tratar cada emoción por separado, y pedirles que piensen en algún momento que se hayan sentido así, y que lo reflejen mediante un dibujo. Es muy curioso ver cómo se relaciona cada niño con sus emociones, y cómo hay algunas emociones que no consiguen reconocer en sí mismos. En estos casos se les puede preguntar si han visto a alguien sentirse así, y que describan esa situación.

Más adelante, quizá con 10 u 11 años, ellos mismos explicarán cómo se sintieron, qué hicieron en cada caso, y cómo les fue, buscando una solución alternativa en caso necesario.

De este modo, los niños aprenden a relacionarse con sus propias emociones y las de los demás de un modo sano, encontrando soluciones y caminos para relacionarse desde la comprensión, sin dejar de expresar aquello que necesitan.

Es por ello que creo que este trabajo es primordial, y que cuando consigamos relacionarnos con los demás de este modo, también seremos capaces de transformar la sociedad en la que vivimos en un mundo más consciente y feliz para todos.


sábado, 2 de febrero de 2019

El cuidado del otro

Hoy quiero escribir sobre un tema que me parece muy delicado y necesario a la vez. El problema es que me toca de manera tan profunda que me cuesta expresar de forma objetiva lo que aquí quiero comunicar, pero lo voy a intentar.

Todo empieza por una percepción que me ha acompañado en algunos proyectos educativos, y también en algunas escuelas de meditación de las que he formado parte. Digamos que es una sensación que siento de forma más profunda en proyectos que quieren manifestar un ideal en el mundo, y que se puede dar también cuando uno intenta ser el padre o madre perfecto. Se trata del olvido de uno mismo.

Cuando nos mueven grandes ideales, a veces nos olvidamos de nuestras propias necesidades, y ponemos por delante todo lo que necesita el proyecto. En ocasiones ponemos estos ideales por delante de nuestra familia, nuestras fuerzas, nuestra economía, nuestro descanso y nuestra salud.

Y, precisamente, es esto lo que hace que no podamos estar verdaderamente presentes y manifestar ese ideal en el mundo.

Es esa madre o padre que siente que tiene que estar presente a todas horas y responder a todas las demandas de su hijo, que no se puede permitir que nadie le ayude, ni abuelos, ni tíos, ni amigos, y acaba sin energía y dando a su hijo una presencia a medias y más de un grito por agotamiento.

Es ese maestro que se reúne con todos los padres y maestros que lo necesitan, llegando a casa a las tantas, sin poder atender a sus propios hijos, levantándose de madrugada para preparar las clases y llegando al aula con pocas horas de sueño y cierto malhumor interior.

Somos todos nosotros, cuando por un ideal abandonamos a tiempo completo el cuidado de nosotros mismos.

Es más, cuando alguien elige vivir su vida de esta manera dentro de un proyecto, no suele entender que el resto de personas no elijan vivir así, y si estamos hablando de un proyecto solidario o humanitario, hay todavía más presión institucionalizada para sentir que uno debe vivir así.

Y todavía puede ser más difícil si son los responsables de esos proyectos los que ven la vida de esta manera, pues tenderán a exigir a sus subordinados que también se entreguen de la forma que ellos lo hacen.

Esto lleva al síndrome del profesional quemado, que seguramente no se llama exactamente así, pero se entiende de forma muy gráfica. Y también lleva a que grandes profesionales, con mucho que aportar, abandonen un proyecto, o a que el propio proyecto fracase.

¿Por qué digo todo esto? Lo digo porque me apena ver cómo grandes proyectos y grandes personas acaban dejando su vocación por haber olvidado el cuidado de si mismos o de las personas que forman parte del proyecto. Porque al poner por delante los objetivos y necesidades del proyecto se deja de tener en cuenta a las personas, que son el verdadero motor y fuerza del mismo, y esto acaba revertiendo de forma negativa en el propio funcionamiento del proyecto... Y aunque lo estoy enfocando a proyectos educativos, lo mismo sucede como decía antes, en la paternidad... A más desgaste, menos presencia y menos capacidad para acoger la necesidad del otro de forma amorosa, si yo no me sé cuidar, ¿cómo voy a cuidar de otro?

En el caso de los maestros, a veces intentamos que los niños hagan de todo, una obra de teatro, doce excursiones al año, los más complejos y elaborados regalos del día del padre y de la madre, celebrar el carnaval y todas las fiestas locales con ellos, y, en el camino, con tanta actividad, perdemos el norte, perdemos la mirada presente, perdemos ese recreo al sol en el que te sientas al lado de un alumno a compartir simplemente la compañía mutua, un pensamiento, una percepción, un chiste, una sonrisa... perdemos el tiempo para ofrecer una verdadera escucha, que es lo que el alma necesita para florecer... y todo lo demás muchas veces son distracciones que nos apartan de lo esencial.

Como pensamiento final, me gustaría decir que creo posible manifestar un ideal cuidando de todas las personas que lo forman, atendiendo a sus necesidades, ofreciendo una posibilidad de vida plena, con experiencias positivas que provoquen un estado de ánimo lleno de energía y entusiasmo, que sume al proyecto, que cree un ambiente de trabajo positivo donde todo es posible, donde la productividad aumenta en calidad y donde toda la comunidad rebosa cariño, comprensión y presencia. Y esto es posible aprendiendo a desarrollar la empatía, el cuidado de uno mismo y del otro y la responsabilidad de cada uno.




domingo, 13 de enero de 2019

¿En qué consiste ser maestro?

Hace unos días tuve un momento de iluminación; observaba a mis alumnos mientras dibujaban en sus cuadernos una figura geométrica que había en la pizarra. Y me di cuenta de que varios niños, que unos meses antes no eran capaces de reproducir la forma por si mismos, ese día sí que lo conseguían.

Y entonces pensé que yo no había intervenido de forma directa en ese aprendizaje, no les había dado indicación ni técnica alguna. Lo habían conseguido por si mismos, a través de la práctica y su propio proceso interior. Me maravillé al pensar lo hermoso que es ver cómo el ser humano aprende sin más, en el momento preciso en que está preparado para ello.

Y empecé a recordar otras experiencias, por ejemplo, explicando matemáticas. Hay niños que tienen un ¡eureka! casi instantáneo, sin necesidad de explicación alguna. Hay otros que no, y mientras tú como maestro estás buscando un modo distinto de explicar algo, ellos están en su interior, intentando entender a través de sus propios razonamientos, aquello que están percibiendo. Es más, incluso cuando encontramos otras maneras de explicar lo mismo, si no es su momento, no sucederá absolutamente nada. Y, sin embargo, un mes después, con la más simple de las explicaciones, o sin más, de forma repentina, lo van a entender y lo van a hacer suyo.

En otra ocasión, explicando el minimo común múltiplo, eran ellos, mis alumnos, los que daban definiciones de lo que podía ser aquello. Y entre todos, consiguieron explicar qué era y para qué se utilizaba. Esto ya en sí mismo es impresionante, pero lo que verdaderamente me dejó boquiabierta fue cuando pregunté si podían imaginar qué sería el máximo común divisor y una alumna me contestó con la definición exacta y también explicó, deduciéndolo del concepto anterior, la forma de hallarlo.

Y pensando sobre todo esto llegué a la siguiente conclusión; no se puede "enseñar" matemáticas, en realidad, aún estoy reflexionando sobre si se puede enseñar ninguna materia en absoluto...

¿Y entonces? ¿En qué consiste ser profesor? ¿Qué significa ser maestro? Y la respuesta que me llega es aquel que presenta nuevas situaciones, nuevas experiencias, aquel que va encendiendo el fuego de la pregunta, de la curiosidad, aquel que va abriendo ventanas y puertas por las que se ven infinitas opciones que pueden ser exploradas.... y sobre todo, aquel que consigue mantener intacta la inocencia infantil, las ganas de investigar el mundo, y que no mata con el mayor de los tedios, la reprobación y la repetición de conceptos lejanos, ese espíritu de búsqueda que vive en el corazón de los niños.

Y esa persona amable y cercana que te acompaña, con la que te sientes a gusto, y que confía en que eres capaz de conseguir todo lo que te propones...

Ahí es ná...

jueves, 6 de diciembre de 2018

Las imágenes y su valor pedagógico en la enseñanza de las matemáticas

Hace tiempo que observo el gran valor de las imágenes y cómo su uso en la comunicación y en la enseñanza facilitan la comprensión y el recuerdo de nuevos aprendizajes.

En este artículo lo voy a relacionar con la enseñanza de las matemáticas, que es el tema que nos ocupa pero, en realidad, es un enfoque que sirve para cualquier tema que queramos tratar con los niños, tanto temas emocionales como académicos.

Hay varios motivos que se relacionan con el valor de lo imaginativo: por un lado, los niños aman los cuentos y los viven en primera persona, sintiendo cada emoción que sienten los personajes, identificándose con ellos, reconociéndose, experimentando sus aventuras. Esto hace que haya un componente emocional muy grande en cada historia y que la vivencia perdure en el tiempo y también en el alma del niño. Por otro lado, el lenguaje de los niños, la comprensión que tienen de la vida, se parece mucho más a algo imaginativo que a una descripción objetiva de un concepto.

Veamos un ejemplo:
Intentemos explicar a un niño de cinco años la multiplicación.
Podemos explicarlo de forma conceptual y verbal: una multiplicación es la operación matemática que acumula cierto número de veces una cantidad concreta. Podríamos utilizar palabras más cercanas al niño, pero en cualquier caso lo llevaremos a su mente, y su cerebro, recién estrenado, es posible que se canse y se pierda a mitad de la explicación. O quizá pueda comprenderlo pero sin asociarlo a la experiencia real de la multiplicación.


Otra opción puede ser contar un cuento en el que haya un personaje que ama las piedras preciosas, y lo caracterizamos como alguien muy ordenado, muy atento, describimos en detalle su físico, su carácter, y explicamos que, para saber siempre cuántas tiene, las va acumulando en saquitos donde caben cierto número de piedras (por ejemplo cinco), y luego va contando los sacos que tiene (por ejemplo 3) y en su cabeza ya sabe cuántas tiene en total. ¿Cómo lo hace? Sabe que tiene cinco piedras tres veces. Ese personaje va a ser una vivencia para el niño, va a ser un recuerdo, un ser amado, y a la vez, el carácter de la multiplicación. Muchos niños al final del cuento dirán que tiene 15 piedras, aún no pueden explicar cómo lo han hecho, pero ya han empezado a multiplicar.

En el día a día en la escuela, observo cómo los conceptos que han sido presentados en forma de imagen se comprenden mucho mejor, y se trasladan a la vida instantáneamente, haciendo que los niños generalicen su conocimiento y realmente entiendan cada concepto.

En el área de matemáticas yo diría que es dónde menos se utiliza y más se necesita. De hecho, es mucho más difícil encontrar una imagen adecuada y trabajar con ella que explicar a los niños de forma mecánica cómo realiza cualquier operación en un papel, pero en ese camino fácil no hay comprensión. La mecanización del cálculo es un paso importante, pero es primordial que suceda después de la comprensión de lo que se está haciendo.

Es por eso que me he decidido a publicar mis apuntes de estos años, pues veo a niños felices que aman y entienden las matemáticas. Francamente no soy una experta en matemáticas, pero creo que puedo ayudar a dar otra perspectiva a la manera en que se enseña esta materia en los primeros años, y me gustaría, desde la mayor humildad, que esto pudiera ayudar a maestros y a niños a disfrutar plenamente de la magia de los números.

Estos apuntes tendrán forma de cuento con guía pedagógica para padres y maestros y verá la luz un día de estos, os mantendré informados...

domingo, 24 de febrero de 2013

Decisiones y responsabilidad

Los tiempos cambian... y la infancia con ellos.

Hace tan sólo algunas décadas, los niños vivían en un ensueño, en su propio mundo infantil, inocente, lleno de seres mágicos, de hermosos y disparatados pensamientos sobre las cosas de la vida, de confianza.

Hoy en día esto parece haber cambiado mucho. Es muy posible que un niño de cuatro o cinco años te explique con una grandilocuencia totalmente impropia cómo se extinguieron los dinosaurios. Seguramente su carita refleje una mirada adulta, adusta, racional, como si comprendiese la inmensidad de lo que está hablando.

Los niños tienen acceso a todo tipo de información, desde muy pequeñitos. Les ponemos música clásica desde bebés y desarrollamos su capacidad intelectual con vídeos educativos. Los apuntamos a inglés y a violín a los tres años, no vaya a ser que pierdan el tren de la educación y se queden atrás.
Las fuerzas que el niño necesita para crecer y formar su cuerpo y su salud se utilizan para desarrollar el pensar. Un pensar puramente teórico que no está basado en sus propias experiencias, si no en las de los demás. Un pensar prestado.

¿Y qué pasa con el cuerpo y la motricidad? El movimiento queda reducido a pequeños momentos del día, crece la hiperactividad y los trastornos del desarrollo. Aumentan las dificultades de aprendizaje, aumenta el estrés y los niños tristes. Aumentan los conflictos en las aulas y en los hogares.

Podemos unir a todo esto el aumento de la carga de la responsabilidad en el niño pequeño. Quizá porque no nos dieron voz ni voto de pequeños, queremos compensarlo con nuestros hijos, y continuamente les preguntamos qué quieren. ¿Dónde quieres que vayamos esta tarde? ¿Qué quieres comer? ¿Cómo quieres vestir? ¿Qué película quieres ver?

Los niños empiezan a sentir que son ellos quienes deciden y ordenan, y los padres pasan a ser las personas que cumplen con sus deseos, en vez de ser aquellos que toman las decisiones y orientan su camino. Ponemos nuestra responsabilidad sobre sus hombros antes de tiempo y les pedimos que tomen decisiones sobre cosas que todavía no conocen, pensando que esto va a favorecer su autonomía.

Y ellos toman decisiones, y se convierten en pequeños tiranos que no aguantan ningún tipo de contrariedad, que se frustran ante cualquier contratiempo y que no aceptan las decisiones de los demás. Cuestionan la autoridad de padres y maestros, dudan de nuestros conocimientos y no confían en nuestros consejos, pues... ¿qué consejos puede dar alguien que siempre nos está preguntando qué queremos hacer?

Y esta falta de confianza crea soledad en el niño. Un exceso de responsabilidad, un peso en su alma.
Sin embargo, cuando los escuchamos con cariño y luego tomamos nosotros las decisiones, cuando pensamos en qué es lo que necesitan en vez de en qué nos están pidiendo, cuando somos capaces de decir "no" y darles lo que pensamos que es lo mejor, los niños descansan. Los niños confían. Los niños respiran. Y quizá se quejen y digan: "Cuando sea mayor yo haré esto o aquello..." Y estará muy bien así.

Y cuando vayan creciendo y empecemos a permitir que tomen sus propias decisiones, se les abrirá el cielo.

Sara Justo Fernández

jueves, 8 de noviembre de 2012

Resultados de la autoevaluación

A raíz de un comentario sobre mi última publicación, quiero compartir con vosotros cómo trabajar con la autoevaluación y qué resultados puede tener en la educación de los niños.
Al hacer uso de la autoevaluación, el alumno empieza a hacerse responsable de su proceso de aprendizaje. Para que  realmente funcione y sea objetiva y funcional, hay que trabajarla de muchas maneras diferentes y desde el principio de la escolarización.
Por ejemplo, cuando los niños empiezan a escribir redacciones, el maestro puede leerlas y señalar cosas que deben revisar. El alumno, al ver la palabra subrayada, suele saber inmediatamente qué le sucede a esa palabra, por ejemplo que le falta una hache, y él mismo lo corrige. En caso de que no lo sepa, recurre al diccionario, busca la palabra y la corrige. En mi experiencia, he comprobado que los alumnos mejoran rápidamente su ortografía.
Cuando se trabaja de esta manera, el alumno implica su propia voluntad en la corrección, siente que sabe corregir sus propios errores y asimila el nuevo conocimiento con gran facilidad, pues es mucho más fácil recordar algo en lo que has participado activamente, que algo que ha hecho otra persona por ti.
Es lo mismo que cuando vamos a un sitio nuevo en coche, probablemente recuerdes mejor cómo llegar al sitio si la primera vez que fuiste conducías tú, que si conducía otra persona.
Otro ejemplo puede ser pedir a los alumnos que escriban todo lo que recuerden sobre un tema concreto tratado en clase. Después lo comparan con sus apuntes de la clase y escriben en otra hoja qué cosas han olvidado. Ellos mismos ven cómo ha quedado la balanza, y de paso, vuelven a repasar todo aquello que no recuerden sobre el tema.
Se puede variar haciendo que sean ellos quienes elijan el tema y después reflexionar cuál les ha resultado más fácil y por qué.
Los resultados suelen ser una mayor capacidad de reflexión sobre uno mismo, mayor objetividad, mayor implicación en el aprendizaje, mejora de la memoria y de la asimilación de los contenidos, mayor entusiasmo por aprender y aumento de la autoestima.
Realmente se trata de proponer formas de evaluación que lleven al alumno a tomar conciencia por si mismo de su proceso y del resultado de su esfuerzo. El alumno percibe que no está siendo juzgado, que el maestro confía en sus capacidades y que es capaz de mejorar y corregir cualquier equivocación. Y es de aquí de donde sale el verdadero entusiasmo por aprender. 

Sara Justo Fernández
Artículo publicado por misait

domingo, 4 de noviembre de 2012

La autoevaluación en la escuela

Hoy me gustaría hacer una reflexión sobre el uso de la autoevaluación en la escuela.
En mi opinión, la evaluación es una herramienta que ayuda a los docentes y a los alumnos a darse cuenta de si el proceso de enseñanza aprendizaje está funcionando o no, y qué cosas hay que cambiar para que funcione mejor.
Cuando la prueba de evaluación sólo evalúa contenidos, que son corregidos por el maestro, para dar como resultado único una calificación, ¿qué información estamos dando al alumno? ¿Dónde reside la objetividad de esta evaluación? ¿Ayuda esto al alumno a comprender su proceso de aprendizaje?
 Podemos diseñar formas de evaluación de manera que los propios alumnos puedan darse cuenta de cómo ha sido su proceso y qué resultados ha tenido, y puedan expresar cómo se han sentido y qué cosas cambiarían de este proceso. Esto es una información muy valiosa para el profesor, que puede así darse cuenta de sus propias equivocaciones y cambiar.
Cuanto más partícipe es el alumno del proceso de evaluación, mayor es la conciencia y la responsabilidad que toma sobre su aprendizaje. El alumno necesita poder expresarse, poder ver dónde se ha equivocado y autocorregirse, ser consciente de qué es lo que necesita para aprender más y qué es lo que verdaderamente le interesa.
Una corrección externa puede dejar malestar y poca conciencia, sin embargo, la autocorrección permite sentir que uno mismo sabe la respuesta correcta.
La autoevaluación tiene que ver con la capacidad de percibirse a uno mismo y tomar conciencia de qué cosas quiero cambiar y cómo puedo hacerlo. Esto genera un impulso desde el propio interior hacia el cambio.
Podemos extrapolar este pensamiento a cosas más concretas, por ejemplo, cuando un niño está aprendiendo a escribir. Al principio escribe las cosas tal como suenan, ¿qué pasaría si hubiese alguien a su lado que lo corrige constantemente? ¿Y qué pasaría si él mismo descubriese, un poco más adelante, la forma de escribir esas palabras?  ¿Cuál es la diferencia entre un proceso y el otro? ¿Quién está activo en el primer proceso, el niño o la persona que lo corrige? ¿Quién está activo en el segundo proceso?
Estas reflexiones tienen que ver tanto con la escuela como con la vida misma, con la educación en casa, con cualquier proceso de aprendizaje, si bien sería muy interesante que los docentes reflexionáramos seriamente sobre el efecto de las calificaciones sobre los alumnos y su dudosa  validez a la hora de facilitar el aprendizaje.

Sara Justo Fernández
Artículo publicado por misait